En esta ocasión la salida nos ha llevado a la Gipuzkoa profunda, al pueblo de Ataun, donde hemos visitado el Museo Barandiaran, y aprendido a hacer talos.
Para no variar, las previsiones meteorológicas eran desastrosas, y también para no variar, al final no fue para tanto. Habíamos quedado a las 9:15 en el barrio San Miguel de Ataun, el pueblo más largo de Gipuzkoa, para ir caminando hasta al barrio San Gregorio, donde está situado el Museo Barandiaran.
La mayor parte del grupo, se animó a hacer el camino andando, bajo un cielo nublado y por un bonito camino que iba al lado del río. L@s txikis como siempre animosos, fueron tirando del pelotón que hacia las 10:15 llegó a las puertas del Museo, donde nos juntamos con el resto del grupo que fue en coche.
Fue llegar y nos dividimos en dos grupos. El grupo formado por l@s más txikis fue a hacer talos, y el de l@s más mayores se quedó en el museo para la visita. Este grupo a su vez se dividió en dos, uno que fue a ver el molino y la serrería y otro que se quedó viendo el Museo Barandiarán.
Aunque a muchos adultos nos sonaba el nombre de Barandiaran, creo que hemos descubierto porqué se le llama (merecidamente) el padre de la cultura vasca, ya que dedicó más de 75 años a recopilar y poner por escrito tradiciones y formas de actuar de los vascos.
En un video que nos pusieron nos contaron su vida, como nació en un baserri cerca del museo. Que vivió casi 102 años. Nació en Ataun, en un caserío cerca del museo, en una familia numerosa, de 9 herman@s. En su casa sólo se hablaba euskera. A la edad de ir al colegio, tuvo problemas, porque en aquella época solo era en castellano, y tuvo que aprender duramente el idioma, de memoria, sin entender lo que decía.
Sus padres le enviaron con gran sacrificio a estudiar a Vitoria, y tenía tanto miedo de hacerlo mal , que lo hizo rematadamente bien, aprobando en un solo año los dos cursos de latín. Y es que Jose Mari, llegó a aprender 7 idiomas en toda su vida, euskera, castellano, latín, griego, fránces, alemán e inglés.
Sin saber si quería ser cura o no, tras un viaje de estudios a Alemania, volvió para centrar sus estudios aquello que conocía bien. Su pueblo, la cultura vasca y las creencias ancestrales.
Partiendo de los cuentos que contaban los mayores empezó a investigar en su mismo pueblo, en un lugar llamado Gentil-baratza, y donde descubrió ruinas de un castillo medieval. Y donde un pastor del pueblo le dijo que el cementerio de los Gentiles estaba como todos sabían en Aralar. Y allá se fue gure Jose Mari, a investigar, y junto a sus colegas Aranzadi y Eguren formaron durante ventitantos años el grupo de los Tres Tristes Trogloditas, que investigaron cuevas y yacimientos, y que eran, a decir de Don José Mari, todo menos triste.
Empieza a publicar relatos y mitos del país Vasco en una revista que funda, y el prestigio internacional del trio, los lleva a viajar por toda Europa y a seguir trabajando duro. Pero llega la guerra civil y se separan.
Barandiaran se exilia en Francia, en un pueblo que le recuerda al suyo, Ataun, y donde se habla euskera. Ese pueblo es Sara, donde siguió trabajando en sus estudios y yacimientos. En 1953, regresa a su pueblo y construye una casa, a la que llama Sara, haciendo suyo los dichos que le enseñara su madre “zenbat eta beteago, orduan eta apalago”…. “ A mayor sabiduría mayor humildad” y “Herritik jasoa Herriari emana” “ Lo que se recoge del pueblo para el pueblo”.
Arqueólogo, (Como Indiana Jones) se encargó de traer nuevas técnicas de excavación y recogida de muestras a Euskal Herria. Etnógrafo, se encargó de recoger el patrimonio inmaterial de los vascos, a partir de la tradición oral, y mitos, como el colocar el eguzkilore en las puertas para proteger las casas, y poner el hacha boca arriba a modo de pararrayos los días de tormenta. Historiador.
No es de extrañar que su pueblo, Ataun, quisiera regalarle un museo a modo de homenaje, y para ello restauraron el antiguo molino del siglo XVI, sede del museo Barandiaran.
Y la segunda parte de la visita, consistía, precisamente en eso, en ver el molino y la serrería. Un viaje en el tiempo.
Verdaderamente maravilloso ver la serrería como hace 100 años, movida la sierra vertical, la lijadora y el torno por la fuerza del agua. Y ver el molino donde se molían los cereales, con las antiguas medidas , fanega, cuarta y celemín. Medidas de capacidad que no de peso.
Ahí nuestra guía, Ainhoa, nos contó la historia de San Martin Txiki. “Abakak beti gari, laboratzen mirari”.
Martin txiki era un joven de Ataun poca cosa (de ahí que le llamarán txiki) pero muy, muy, listo. Se dio cuenta que sus vecinos estaban desnutridos y eran más débiles que los gentiles que vivían en las montañas, y que disponían de comida todo el año. Subió gure Martin a visitarles e hizo una apuesta totalmente descabellada, que él era capaz de pasar de un salto, alguno de los enormes montones de cereal que tenían. Los gentiles aceptaron la apuesta, saltó Martin, y se quedó en medio del montón, y luego saltó un gentil y pasó por encima limpiamente. Así dos o tres veces, hasta que se dio por vencido. Al parecer Martin había perdido la apuesta. Pero Martín había conseguido su objetivo, ya que, en las abarcas llevaba un montón de semillas que se le habían metido al “perder” la apuesta.
Con las semillas en su poder, solo faltaba saber cuándo sembrar, y para eso subió un día y espiándoles, logró averiguar que el trigo se plantaba en otoño y el maíz en primavera. A partir de aquel día, su pueblo no volvió a pasar hambre.
Tras esta bonita historia, fuimos a ver el funcionamiento del molino, con salpicones de agua incluido que hizo las delicias de peques y adultos. Y con eso dimos por finalizada la visita.
Nuestras guías (de lo más majo y profesional que hemos visto) nos acercaron hasta el frontón donde pudimos jugar y tomar un hamaiketako mientras nos esperábamos al otro grupo que venía de hacer talos y preparaban de nuevo las salas.
Aprovechamos ese impás para hacer una foto de las casi 100 personas que nos juntamos en esta ocasión.
Y luego nos volvimos a separar en los dos grupos. Unos al museo/molino y otros a los talos.
Antes de hacer los talos, la monitora, que tenía gran desparpajo, nos enseñó los diferentes cereales, mientras ayudad por algunos voluntarios iban haciendo la masa de los talos. Nos propuso un recuperar una palabra para llamar cariñosamente a nuestros txikis chocholos o similar: “artaburu”.
Y la verdad es que qué gusto da mancharse cuando uno se lo pasa bien. L@s peques se lo pasaron genial manchándose las manos (y algo más desde los zapatos al pelo…) de harina. Aplastar la bola, darle forma… Vamos una gozada. Luego a la plancha, a vigilar cada uno su talo que luego te comías (txistorra o chocolate).
En resumen, una visita muy interesante y muy bien organizada por la organización del museo en la que aprendimos muchas cosas nuevas e interesantes. En un frontón cubierto que es una maravilla, la mayoría del grupo se quedó a comer, y donde l@s txikis pudieron jugar a futbol, baloncesto, cuerda, pilla pilla, y lo que se tercie… Y tras un bonito día y un viaje de vuelta bajo la lluvia… cada cual a su casa.
Os esperamos en la siguiente salida que será el 7 mayo al Ekogune de Hernani, donde sin duda aprenderemos nuevas cosas relacionadas con el reciclaje .
Nos vemos!